Primero estaba el mar – Tomás González

Primero estaba el mar
Leer a Tomás González era una tarea pendiente. Algunos buenos amigos y lectores, especialmente paisas, me habían hablado con diferentes criterios sobre este autor. De su obra, que ya se puede considerar como prolífica, tengo en mi biblioteca personal una copia de Los caballitos de diablo y una de Para antes del olvido. Sin embargo, por diferentes razones decidí tomar prestado y adentrarme por primera vez en su obra con Primero estaba el mar. Una decisión que tenía algo de investigación virtual, algo de recomendaciones de librero y mucho de intuición personal, con un título y una historia que se presentaba como apropiada en este momento: el mar como origen (y final) de todo. A veces, leemos para buscarnos a nosotros mismos ahí, en lo que otros han escrito.

González presenta un libro económico en palabras y frases, limpio de adornos, que no sólo fluye en su escritura, sino que también se concentra en un argumento simple, una historia que se cuenta brevemente, entre selvas y manglares, la imagen de un mar inhóspito, aguerrido y devorador. Coloquialmente, en un humilde remedo a las formas que usa González, un mar traicionero e hijueputa. Las ideas se contrastan entre una posible imagen idílica del mar como un lugar soñado, un lugar amable, sanador, inspirador, con la imagen de un mar creador, origen del mundo en la cosmovisión Kogi, casa original, y con una idea del mar perdido, allá más lejos de Apartadó, un mar olvidado por la civilización y la cordura, donde un hombre tan común como sus propias pretensiones literarias le llevan a alejarse de todo, a perderse junto a su amante de una existencia cualquiera en Medellín, animados por una bohemia idea de volver a empezar.
El contraste de estas ideas diametralmente opuestas constituye el mayor reto de González en esta obra: la selva y el mar indómito como protagonistas ajenos a cualquier sueño humano. Una naturaleza extraña que se presenta como regidora de los ánimos y destinos de aquellos que -por cualquier razón- se adentran en sus caminos. No son pocas las pretensiones humanas de encontrar en el mar una salida, un escape a cualquier dolor. J. -así no más- como uno más de ellos. Pero como buen paisa, y un híbrido entre arriero, obrero y bohemio bebedor, sabía que la cosa no iba a ser fácil, y con el pragmatismo necesario para abrir trocha, se enfrenta a esta naturaleza combativa. Los hombres, anónimos su mayoría, son apenas hábiles o inútiles, alguno confiable, otros atravesados, alguno cómico, o simplemente irrelevantes. El amor, el negocio, el trabajo, la pretensión literaria, cualquier ilusión, son secundarias, ideas anacrónicas en un lugar donde sólo se puede sobrevivir a punta de sol y guaro. Un lugar muy alejado de cualquier humanidad, un contraste de corrosión, humedad y bestialismo.

Si nada es necesario, la escritura hace gala de esa simplicidad y de forma igualmente pragmática, una escritura arriera, arroja la pregunta de si realmente primero está el mar. O mejor dicho, si es lo único que hay y lo único que queda.

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