Las alegres comadres de Windsor – William Shakespeare

Merry WivesY bueno, seguimos con los buenos amigos. Otro de los que salieron bien librados. Una de dos: 1. O le estamos pegando a los que es, en este cuento de la GRAN LITERATURA o 2. Yo me estoy volviendo muy blandito, a eso de hacer amigos a último momento. Pueden ser la dos, cosa que no tendría ningún problema. Al fin y al cabo, estas cosas son las que quedan después de un camino tan largo -y en ocasiones tan tedioso- pero que al fin de cuentas aguanta la pena.

Pa’ no dar más vueltas, con toda esta labia me refiero al “Bard of Avon” o tan solo don William Shakespeare, quien como dato curioso cumpliría 444 años en estos días de Feria del Libro. Pero como eso poco importa, porque, con todo respeto, don William está 6 feet under hace muuuuchos años pues las velitas de cumpleaños las guardamos y se las prendemos a algún otro -si se lo querés celebrar con gorrito y todo, hacelo pero atenete a ser considerado un re.freak.

Pero no ya, seriedad. Shakespeare, en este caso Las alegres comadres de Windsor, significó una divertida tarde de lectura, en la mesita de una cafetería con un tinto y un frío intenso. Muchísimas risas se escapaban esa tarde leyendo esta comedia. Una obra de mucha ligereza y creo yo en un fórmula que funciona a la perfección. El lenguaje es un poco más liviano que en otras de sus obras, con mucha prosa fluida que colabora con la risa y la lectura rápida, pero dejando un sabor mucho más profundo y con las puertas abiertas a otras de las tantísimas obras -de este SÍ había leído, tampoco, sería el colmo si no, pero había leído alguna de sus Tragedias y nunca sus Comedias, pero con la bonita y barata edición de Porrúa hay un par más que quedan almacenadas pa’ un futuro cercano.

La historia es bastante cómica, gracias a lo previsible que es, y que en el teatro isabelino debía ser una cuestión desternillante y bastante trasgesora. Bien alegronas y divertidas son este par de comadres, que no pierden tiempo para montar todo un teatro hacia el imprudente Falstaff y pasársela bomba en sus días de ocio, a cuestas del honor de él, y con una serie de escenas divertidas le dan una lección. A la par de esto, se discuten temas como el matrimonio, el honor de los caballeros, la moral y los entretenimientos de una clase media de la época. Hacia allá estaba dirigida esta obra, lo cual le ha valido el reconocimiento como una de las obras de mayor resonancia “popular” de William Shakespeare -tal vez no como la de mayor calidad literaria, pero en un conjunto que sí ha sobrevivido más que otras el paso del tiempo.

Y sí, seguro no es la más lograda de las obras de Shakespeare. De hecho, la nota introductoria nos habla de una comedia hecha por encargo de la Reina que quería ver a un Falstaff enamorado, y por eso el lenguaje menos denso y el tono más liviano que ahí se da. Sea cierto esto o no, es innegable que esta obra se constituye en esa faceta cómica del inglés, de finales felices, de todos casados y riendo de la “bromita” hecha a Falstaff pa’ que afine, que tanto contrasta con sus Tragedias, pero que junto a estas no pierden esa especialidad del teatro shakespeariano, tan presente en nuestros días. No más en el Festival de Iberoamericano se presentaron Cimbelino, La tempestad, Macbeth y Ricardo III -para seguir con los datos idiotas del tipo ¿Sabías qué? que tan poco sirve pero tan tentadores son. Digamos, sabrosa la lectura de este Shakespeare cómico y liviano, que sirve pa’ montarse una obrita de teatro bien bonita y entretenida. Si lo hacemos me pido una comadre, que son las que mejor se la pasan en todo esto.

Abadía V.

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