Antígona – Sófocles

Hoy, una vez más, me convenzo de mi creencia personal de que los libros son entidades vivas que mutan con el paso de los años (los años del lector). Estoy plenamente convencido que es en el lector dojnde reside gran parte del proceso de “creación” -pensemos en las más recientes teorías de la recepción y del lector (ver, Jauss, Iser, S.Fish). Ejemplo de esto es mi reciente lectura de la Antígona de Sófocles.

La primera lectura se sucedió hace un par der años, muchos como para recordar a cabalidad mis impresiones. Fue una lectura colegial, mezclada con obras de grueso calibre y peso canónico (Iliada, Odisea, Metamorfósis, La colmena) junto a otras de criticable valor estético y artístico. pero muy de esas que le ponen a uno en el colegio -entiéndase, La fuerza del Sheccid o ¿Quién se ha llevado mi queso? o el incomparable (si como no) Caballero de la armadura oxidada. Por ahé quedó refundida la primera lectura de esta tragedia griega. Un clásico para un niño que poco interés tenía por los clásicos. Tal vez, eso cambió.

La segunda fue hace 4 añitos. En primer semestre de Estudios Literarios, para la clase de Literatura Clásica. Es decir, una lectura de los clásicos griegos bastante metódica. Totalmente coherente con una visión de mundo, del destino, del papel de los dioses y la suerte de los hombres en la antigüedad helénica. Evidentemente, en aquel momento la ilusión de comenzar una carrera, la ciega fe romántica por el arte y la lectura, me llenaba los intestinos de figuras retóricas, estilísticas y de género. La tragedia griega se convertía en el primer umbral hacia un mundo maravilloso, repleto de magia. Antígona, la tragedia del grieguito Sófocles, fue una de esas primeras. El destino, la palabra del momento.

Hoy, después de terminar la tercera -y por ahora más que suficiente- lectura de Antígona, me doy cuenta que toda esa ilusión de primípara, pseudo-romántico, completamente ingenuo ha muerto. Y ese poco interés por lo clásico sigue vigente. La mitología griega es algo bastante divertido, no lo niego. Ver los caprichos de los dioses sobre los indefensos hombres es completamente entretenido. Pero pensar ahora que Sófocles es imprescindible, pues no. Ahora, años después, el desencanto del lector me lleva con cada vez más fuerza a asegurar que todos los libros son prescindibles. Los hay bien hechos, interesantes, entretenidos, sabios, aburridos, insoportables, o lo que sea, pero nunca imprescindibles. Todos y cada uno de los libros que existen pueden ser quemados, pero si no nos da la gana de hacerlo (porque nos costaron mucha plata, porque nos los regaló alguien muy especial, porque nos gustó mucho, porque nos da pesar) no quiere decir que sean sagrados. Los libros no son sagrados. No constituyen a la humanidad. Y por ende, un criterio editorial responderá siempre a mil motivos diferentes, excepto la eternidad a posteriori… eso llega por puro carepandulce.

Los libros son bonitos. Son agradables. Son queridos. Pero de manera tan biológicamente perturbadora, nacen, crecen, se reproducen y paf, como si nada, se mueren. Y es exclusivamente de los lectores de quienes depende la gran mayoría de su existencia. Puede que Antígona de Sófocles haya existido y existirá más tiempo que yo -su mérito tiene-, pero para mí por ahora así está bien. Los sagrados clásicos han perdido su halo de literatura antigua, clásica y canónica, y el método usado en mi ingenuo primer semestre ha cambiado al de un lector amargado y caprichoso, que no quiere volver a leerlo… por ahora.

Abadía V.

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