El proceso – Franz Kafka

Confieso que es la 1ra. vez que verdaderamente me enfrentaba a nuestro amigo Franz Kafka. Jamás había entrado con fuerza y conciencia a una obra suya. La metamorfósis es de esos libros “imprescindibles” que se leen en alguno de los años del bachillerato -¿podemos hablar de libros imprescindibles? yo creo que a todos se les puede rechazar en algún momento, así la mayoría diga lo contrario. De esos librejos que muchas veces caen como imposiciones de mala gana, que causan todo tipo de incomodidades al jovencísimo lector. Y que no dejan muy bien parado a nadie; ni al lector, ni al lejanísimo autor de una obra “maestra”. Y así salió mi amigo Kafka la primera -y única- vez. Rápido, no me da pena decirlo, porque conocer a los “clásicos” era una cosa que no me quitaba el sueño, y la verdad, ahora tampoco lo hace de a mucho.

Pero las cosas van cayendo por ahí. Por iniciativa propia, por sugerencia, por imposición, por mera casualidad -como cuando es el único libro del desierto y debemos leer algo. La verdad, poco importa cómo. Simplemente llegan. Y como lectores, tan humanos que somos, cambiamos nuestra disposición a enfrentarnos a un texto. Tal cual sucedió con El proceso. Por primera vez estaba dispuesto a abordar, de verdá, a un libro de Franz. A pelearme y rasgar sus páginas de ser necesario. A leerle, bien o mal, pero leerle.

Y francamente, mi querido K., las páginas de tu inacabable proceso se me hicieron hecho exagerademente desconcertantes. Fueron un combate constante, frente a frente. Sin tregua. Siento que de alguna manera algo se había perdido por ahí, que faltaba algo. No lo hallaba por ninguna parte. Me daba duro, trataba de comprender tanto absurdo que se presentaba. Tus episodios laberínticos, tus escenarios grises, tus personajes incoherentes, las idas y las vueltas de una historia que no lograba concretar dentro de mí. Por ingenuidad mía, estoy seguro. Especialmente, los dos primeros capítulos ¡Ay, por Dios, mijito, esa escena del tribunal me dejó exhausto, inconcluso e histérico! Esperaba muchas cosas, de manera estúpida. Estaba ahí, perdido en un vacío profundo, donde no me atrevía a despreciarte, pero tampoco te estaba considerando el genio de las letras que todos dicen. Era una pelea cazada. Y yo me rebanaba los sesos con tal de hallar sentido. Y nada.

Afortunadamente, la suerte, cuando menos lo pensamos pero de veras la necesitamos, nos echa una manito. Mientras regresaba a clase, como un lector humillado, sin encontrar las palabras precisas pa’ describir porque, a pesar de esto, seguís ahí. Apago todo lo relacionado con El proceso y la humillación que llevaba a cuestas. De repente, ¡pah! una clase sobre Kafka. Lectores más versados en vos empezaron a describirte, a describir tu escritura, tu actividad como escritor. No hablaban de tu proceso, mi amigo, pero sí me dieron ese peso en la cola, ese empujón que necesitaba pa’ no desfallecer ante tanto desconcierto. Encontré en otros, amigos y colegas, las palabras que necesitaba con urgencia. Aplazamiento, desdén, ironía, pero sobretodo el “no pasa nada” y el “los absurdos son así, y no hay otra forma de serlo”. Y ahí respiré y me reí. Me reí de mi ingenua intención de encontrar un suceso, ese algo todo ahhhh, claro, Pepita es la prima segunda de K., y a la vez la esposa del ujier, pero como está medio loca, actua incoherentemente, además no sabe que K. es su primo. Bueno, tampoco, pero por ahí va la cosa. Me reí de ese volver al absurdo, al “otra vez, Josef K, vos si no cambiás, no”. Y de cierta manera, me permitió comprender más porque vale la pena leer tus textos.

No es que haya sido la real y verdadera revelación, tampoco, ahora Kafka, dios de dioses, maestro de maestros, tampoco. Pero sí armarme con mejores herramientas para seguir abordando el resto del libro. Comprendí como se ha gestado una literatura sin pretensiones comunicativas. Una literatura irónica, frustante. Un estilo propio que se vale y se legitima a sí mismo. Recuerdo mucho una frase exageradamente contundente: “es la misma práctica de la escritura de Kafka lo que frusta a la Literatura”. Y al menos, hasta este punto, estoy plenamente de acuerdo. La frustra, la obstaculiza, la extravía dentro de sí misma. Kafka vale por Kafka, y hay que tomarlo como tal. A muchos nos seguirá causando dolores de cabeza. Sin embargo, comprendo muchas de las lecturas que se le han hecho. De alguna manera, siempre se ha buscado ese algo, ese “hecho” que rompa con lo kafkiano, que realice ese constante aplazamiento.

Al final, con mayor propiedad, concluí que dentro de la práctica egoísta -para sí y no sobre sí- el verdadero aplazamiento kafkiano se da en el aplazamiento mismo del ejercicio literario. Es decir, el aplazamiento de toda pretensión teleológica de un relato. Alguien que rompe, digámoslo así, ese pacto de buena fe entre lector y autor. Así sucede con El proceso. Las primeras páginas se me hicieron golpes bajos, por así decirlo. Pero después de que se le da a Kafka la categoría de Kafka, es posible reír con tan fría y laberíntica escritura. Ver que no importa que no pase nada, sino que es ahí donde vale todo. En la ironía, en el absurdo, en la caricatura del individuo, en el desconcierto del lector, siempre en un “estado de espera”.

Que de buenas fui. Soy conciente que tal vez no me suceda siempre, pero es un buen augurio. Las cosas han cambiado, querido Franzito, espero que al menos me sirva de escudo para las 100 que me faltan.

A.V.

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